miércoles, 27 de agosto de 2008

Algo sobre mi

En el próximo relato encontrarán, de alguna manera, una forma de expresarles mi modo de ver el mundo. Intento que esta historia mínima sea por analogía, como la gota de agua en el vidrio que contiene todo un inmenso espacio en ella.
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Recuerdo una tarde en La Rioja, fue en 1987; maravillosa como todas, plena de secretos, misterio, mundos mágicos y tesoros ocultos. Ese día, (no se donde estaban mis hermanos y mi padre) estaba cerca de mi madre que regaba con cariño los geranios, cuando descubrí uno de los cielos mas temibles y maravillosos que jamás haya visto. Recuerdo que de golpe todo estaba impregnado de una luminosidad y sonoridad enrarecidas, parecía la manifestación sigilosa de un presagio. Los pájaros se callaron, las chicharras no chillaban, los árboles se quedaron quietitos, no había reptiles, insectos ni animales a la vista. Inevitablemente sentí curiosidad en esa extraña sensación de silencio amarillo verdoso. Como si el tiempo se hubiese detenido. Dura un instante cuando se presiente inexplicablemente que algo esta por pasar. Si, algo inmenso estaba por pasarnos encima, y aún no lo sabíamos.
Miré al cielo, estaba cubierto por nubarrones de los colores mas extraños e inexplicables, colores que surgían de las entrañas del Universo (hoy, puedo expresarlo en palabras), manifestaciones certeras del mas allá. Como se le puede dar un nombre cercano a tales expresiones de la luz sin que se transformen en algo de forma estática y desprovista de su profundidad? Por ello los colores que intento describir son solo una aproximación del pensamiento, producto de la imaginación empírica a lo que mi cuerpo registró emocional e intuitivamente aquel día. Entre ellos no había delimitaciones claras, no puedo definir con claridad cuando el verde era verde o violeta rojizo, la confusión es misteriosa. Salían ambiguamente como el brillo nacarado del interior de una ostra, o el brillo de las escamas sensoriales de un pez desde dentro de las nubes, crecientemente amenazantes. Una ambivalencia entre violetas rojizos, azulados y verdosos, verdes amarillentos, verdes anaranjados, grises extraños y temerarios, anaranjados y rojos oscuros, etc. ligados indivisiblemente a los sonidos y movimientos gestuales de tal rítmica fuerza gaseosa pero mullida, que avanzaba velozmente desde el cielo celeste. Recuerdo que me llamó la atención el modo en que tales colores salían desde las nubes, me sentí fuertemente atraída y no dejé de mirarlo.

El viento había empezado a soplar, los árboles empezaban a enroscarse en espirales irregulares que aumentaban en fuerza; desde la tierra se armaban remolinos pequeños hacia el cielo. De golpe todo se puso oscuro, casi negro. En ese instante mi padre se acerca con prudente calma y nos pide a todos que entremos a la casa y que permanezcamos juntos. Recuerdo un miedo inexplicable, tan grande que lo he olvidado. Un miedo a ser aplastados por algo tan inmenso que no nos daría tregua, quedábamos librados al destino y a la seguridad de la casa (Aún asi me sentía desprotegida) Un rugido monstruoso azotaba por fuera, no me animé a mirar por la ventana y rogaba que no le pase nada a mi familia. La casa tronaba y todo estaba revolucionado, asique nos quedamos en un rincón quietos, confiando y esperando que la casa nos proteja; pero sobretodo, que la furia de un negro remolino al cual nunca pude ver se calme pronto. Así fue, la tormenta pasó y entonces llegó la lluvia uniforme.
Salimos a ver que había sucedido. La luz había cambiado, seguía clara y límpida pero ya no anticipaba ningún “suceso”, solo nos dejaba ver los restos brillantes por el agua de lo que fue un tornado. Con tristeza y asombro vi a los tan inmensos como añejos eucaliptus y pinos en el suelo arrancados de raíz, y a sus habitantes desorientados buscando nuevos refugios. Todo estaba embadurnado por la intensidad de los verdes mojados, todo estaba mojado e intenso, y nosotros rodeados de gigantes caídos, tendríamos nuevos espacios para jugar. Por la voluntad de su propia fuerza y la de la tierra, y por que el cielo nos dio una tregua por los hirientes soles Riojanos, sobrevivió El Roble.
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Cada pintura (y cada dibujo) se expresa desde mi cuerpo intuitivo, y se manifiesta luego similar a tal espacio intimo condensado en una gota de agua. Desde allí cobra su propio vuelo…entonces fluye el libre albedrío posesionándose de mi (ya como observadora) hasta los límites menos imaginados tanto de lo que se deja ver sensualmente como misterio y, (desde dentro) contemplación de lo que se oculta, como también desde el fluir de lo ya sabido que ellas son por añadidura, simples pinturas.

jueves, 21 de agosto de 2008

TIERNA FIEREZA
LA PINTURA DE JOSEFINA MUSLERA

Manuel Delgado
Licenciado en Historia del Arte
Profesor de antropología religiosa en la Universidad de Barcelona

(english version)

Si alguna cualidad merece ser destacada de eso que damos en llamar arte es su capacidad en orden a generar o descubrir prolongaciones de un mundo dado que el ser humano hace tiempo que ha declarado insuficiente. Ese es el mérito de todo artista, al que los demás hemos asignado la responsabilidad de continuar la tarea creadora que los antiguos atribuyeron a los dioses, tarea que no siempre consiste tanto en inventar universos como advertir dimensiones ocultas o larvadas de aquel que ya habitamos y que, de pronto, ve confirmadas nuestras intuiciones acerca de su naturaleza secreta.
Ese sería el caso de la pintura de Josefina Muslera. Digamos que Josefina es una pintora fronteriza, no porque esté ella en ninguna frontera, sino porque su pintura es una frontera. Las formas que nos procura constituyen el intersticio entre territo­rios que en principio deberían permanecer incomunicados entre sí y que su pintura pone en contacto o mezcla. Desplegando texturas, haciendo que los colores hablen entre sí, introduciendo o desencadenando el movimiento, jugando con todas las metamorfosis del silencio, el trabajo de Muslera se pasa el tiempo transitando –e invitándonos a transitar– entre esferas que un malentendido que los humanos hemos venido cultivando desde siempre consideraría distantes o incompatibles. La tarea de Josefina no es sino esa: juntar cosas que ya estaban juntas antes, sin que nos diéramos cuenta; hacernos ver lo que ya estaba ahí y sólo veíamos a tientas. Tarea de mediación al servicio de cuerpos que quisieran ser alma, y de almas hartas de su propia inmaterialidad; diálogo con lo invisible, pero omnipresente, que es esa materia sin sustancia de la que seguramente están hechos los recuerdos, los sueños, los temores y las esperas. Campo gravitatorio en que se agita lo inconcebible, lo que no puede ser dicho ni apenas pensado, los espacios que nos atraviesan, todos los monstruos que ni nos imaginamos, una legión de ángeles iracundos y, en medio de todo ello, el sosiego de un bosque dormido, el reposo de un ave cansada.
Eso es la pintura de Josefina: un resumen en que se reúnem reflejos y presagios, seres de aire y seres de arena, los desiertos y los laberintos, el arte de danzar sobre al abismo. Y ahí estamos, de su mano y de la mano de su obra, arrastrados por las vorágines más dulces, contemplando atónitos la incadescencia de cada atardecer, asistiendo al matrimonio entre el cielo y el infierno, atrapados entre tinieblas que iluminan, precipitándonos por espirales en las que la fiereza y la ternura se quieren confundir y se confunden, esperando entrar de nuevo en ciudades azules en que habitan peces. Atentos, porque todo está siempre a punto de volver a suceder por primera vez.
Cada pintura de Josefina nos recuerda esas gozosas catástrofes en las que uno muere y resucita después. Uno recorre sus obras como esos senderos en los que se da con lo que alguien escondió para ti alguna vez, con quien te estuvo o te estaba esperando..., en otro lugar; todo o parte de lo que se creyó haber dejado atrás, sin saber que nunca nadie se marcha en realidad.
Josefina lo sabe y ahora lo sabemos nosotros: he ahí todo lo que la vida le da a un cuadro para que viva y que no es otra cosa que el fulgor infinito de un rosa que arde.